Sus manos cuelgan a los lados, inertes, mientras la conversación con la otra mujer ocupa el espacio de la habitación. La luz del televisor parpadea sobre el brazo izquierdo de ella, iluminando brevemente las líneas de un tatuaje antes de sumergirlo de nuevo en la penumbra. El hombre, a su lado, gira lentamente la muñeca para observar el reloj, un movimiento pequeño y casi imperceptible que no interrumpe la quietud del resto de su cuerpo. Los dedos de ella se rozan con los de él, un contacto accidental y fugaz que no se prolonga ni se busca, simplemente ocurre en el vaivén de sus posturas estáticas. El pliegue de su vestido rosa se mueve levemente con cada respiración, pero sus palmas permanecen abiertas y vacías, esperando sin prisa el siguiente…